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La verdad sobre los cuentos de Disney: lo macabro de los clásicos - Reportaje
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La verdad sobre los cuentos de Disney: lo macabro de los clásicos - Reportaje

Categoría: Reportaje
16 de Marzo 2017 | 00:34
La dulce Ariel hace mucho más que perder su voz por Erik

Vamos a empezar fuerte. Porque sí, porque podemos. En la película de Disney, Ariel es una dulce sirena que decide que ya no quiere continuar viviendo en el mar. Quiere salir a la tierra, quiere tener la oportunidad de conocer a Erik, el príncipe de sus sueños. Para conseguirlo, contacta con Úrsula, una mujer "cruel" (aunque yo más bien diría empresaria con altas percepciones de lo que es un negocio) que le concede su deseo a cambio de su voz. Si ella quiere piernas las tendrá, pero debe pagar con su voz. ¿Fácil, no? Tiene un tiempo límite para conquistar a Erik y, de no conseguirlo, tendrá que volver atrás y ser esclava para siempre de Úrsula.

Si esto os parece tétrico, esperad para ver el cuento original. Porque en él, la Sirenita no paga con su voz... Sino con su dolor físico. Cada vez que ande, cada vez que dé un paso, sentirá un dolor atroz en los pies, como si estuviera pisando cuchillos. Como si estuviera desgarrándose continuamente. Y ella, enamorada, accede. Imaginad cómo tuvo que ser su tiempo en la tierra, tratando de pretender al príncipe.

Bueno, así consiguió su objetivo, ¿no? Pues no. En el cuento original, el príncipe ya estaba prometido con otra princesa y, por supuesto, se queda con ella. ¿En qué cabeza cabe que prefiera a una plebeya? Ariel tiene que ver cómo el amor de su vida se casa con otra mujer. El pacto que hizo con la bruja incluía que si ella no conseguía a Erik, debería morir, disolviéndose con la espuma marina y pereciendo para siempre. Perdiéndose a sí misma. Y eso tuvo que hacer: Ariel murió.

En este caso, la moraleja era muy distinta a la que el cuento nos quiere transmitir ahora. Si la película nos dice que debemos renunciar a muchas cosas para alcanzar el amor, el cuento tradicional nos explicaba los riesgos reales de esa renuncia. Porque puede que, por el camino, lleguemos a perdernos a nosotros mismos.

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