MI PLANETA Y YO

Análisis de 'Deiland' para PS4, un pequeño planeta con gran corazón

Inspeccionamos de cerca la primera obra para plataformas dedicadas del estudio Chibig, quienes logran el éxito con el apoyo del programa PlayStation Talents.

Por Daniel G. Astarloa 6 de Marzo 2018 | 12:44

Al encender mi videoconsola y empezar una partida de 'Deiland' me encuentro la mayoría de veces atrapado por un minuto en la misma imagen. El protagonista está sentado en la hierba, mirando las estrellas con maravilla, descansando de la paliza de horas que supuso la sesión de juego anterior. En sus ojos brilla un color especial de ansía de aventuras y descubrimiento, uno que sólo podemos ver en un niño y el potencial que guarda de cara al futuro. No pulso X de manera inmediata para continuar. Sería estropear un momento con el que conecto a nivel personal.

Esta es una obra que tocó mis aspectos más sensibles desde la primera vez que lo vi. Había una magia especial en el arte conceptual de lo que acabaría siendo la reimaginación de 'Deiland: El Pequeño Planeta', obra de éxito desarrollada por el estudio Chibig en dispositivos móviles. Pero sabemos que muchos son los títulos de esta clase que han intentado pasar a una consola mayor y se han perdido por el camino con una nueva reedición barata y carente de sentido. 'Deiland' ignora esas fallas y apunta a ser la mejor versión de sí mismo, independientemente de las limitaciones.

Arco, nuestro principito

El argumento de 'Deiland' nos lleva a conocer a Arco, un muchacho de diez años que vive en soledad en el minúsculo planeta. Día tras día se encarga de cuidar de sus cultivos, dormir y mirar a las lejanas e inalcanzables estrellas. No hay mucho más tras la existencia de este joven. No se plantea cuestiones filosóficas como de dónde viene, cuál es su papel en el universo o cómo es que surgen peces en su estanque tras cazarlos a todos.

Al menos es es el caso hasta que un día, sea por casualidad o por cuestiones del destino, una piloto espacial llega desde el cielo. Su nombre es Mûn, una joven que viaja de un lugar a otro y hace amistad con el misterioso muchacho, prometiéndole que regresará periódicamente para ver cómo avanzan las cosas en su ausencia. Tras ella llegan más naves espaciales con el objetivo de comerciar y ver las riquezas que guarda Deiland, como un mago en busca de pociones más poderosas, un pirata fuerzudo y algo aprovechado pero con un corazón de oro, o una molesta gata que mandará a su mascota intentar robar tus provisiones de comida para hacerte gritar de frustración y lanzar el mando por la ventana porque el juego tenga función de autoguardado.

La esencia y el mayor punto fuerte de 'Deiland' está en estos personajes y cómo interaccionan con Arco. Cada una de sus visitas suele dejarnos una nueva misión secundaria en nuestro diario de la que hacernos cargo a corto o medio plazo, las cuales se verán incentivadas con desbloquear mejoras para nuestros trabajos en el planeta, recetas de cocina, puntos de experiencia... Pero la auténtica recompensa está en los diálogos entre ellos, los cuales son tiernos a la par que divertidos. De vez en cuando algunos de ellos coinciden y se activa algún diálogo secundario. Están lejos de ser pesados: es lo mejor que tiene para ofrecernos la obra en su conjunto, tanto que nos sentiremos profundamente decepcionados en las ocasiones que visiten nuestro planeta pero no tengan misiones en ese momento para asignarnos.

Que nadie se equivoque: que haya grandes personajes no quita que Arco quede relegado a un segundo plano. Él es el centro de la aventura y como tal aprendemos a cogerle un cariño muy especial con su encanto, su inocencia y sus deseos. Es un chico adorable que nunca resulta pesado o insoportable, eso contando lo poco que le gustan los niños a este analista. Se trata de un muchacho realmente especial, lo cual se hace patente a medida que progresamos en la historia.

Tocando las estrellas

A pesar de que el nombre pueda llevar a equívocos, 'Deiland' no tiene lugar de forma exclusiva en el diminuto planeta del mismo nombre. Los primeros compases de la aventura nos llevan a permanecer allí, sí, y el noventa por ciento del tiempo cuidaremos de ese lugar. Pero también nos esperan otros lugares a los que viajaremos con Mûn en su nave espacial, como un planeta helado con un templo de hielo. Estos lugares presentan personajes, vegetación y mejoras diferentes para nuestro planeta, aunque no son especialmente grandes.

Son muy pocas localizaciones, pero hacen maravillas para cambiar la fórmula de juego lo suficiente y evitar caer en la monotonía de forma repetida. También son el centro de nuestra aventura, ya que descubrir estos lugares lleva a explorar y maravillarse con lo que tienen que ofrecernos las varias veces que volvamos, sea para seguir la historia principal o para algunas misiones secundarias.

Por desgracia acabamos cayendo en un problema grave que se hace muy patente cuando visitamos estos planetas: el combate es muy débil, quizás el mayor punto flojo de toda la obra. Aunque contemos con diferentes herramientas que usar como armas e incluso el uso de magia y algunos hechizos que aprender, los combates acaban siendo torpes y aburridos. Nos limitamos a guardar distancia y atacar a nuestros contrincantes a base de hechizos, o peor aún, a atacar con un arma de corta distancia y curarnos con pociones y comidas de forma constante. Repetimos este proceso indiferentemente de la clase de enemigos a los que nos enfrentemos, nuestro combinación de ataques nunca varía y todo se reduce a ver cómo esa barra de vida se va reduciendo. Para que 'Deiland' se centre tanto en su componente RPG es una pena que se conforme con tan poco en este apartado.

La rosa tenía púas

No es el único problema que tiene el juego con su aspecto de jugabilidad. Su sistema de niveles está poco aprovechado, de modo que cuando logramos alcanzar un nuevo objetivo acumulando experiencia se nos otorgan dos opciones a mejorar de nuestras estadísticas de forma aleatoria. Si abusamos de la inteligencia lograremos volvernos más poderosos que nunca en el campo ofensivo, aumentar nuestra resistencia a las actividades y llegar a cierto punto en el que podremos comprar a los comerciantes las cosas por un precio menor que por lo que podremos volver a vendérselo, algo muy fácil de explotar.

El resto de estadísticas acaban quedándose un poco de lado en cuanto uno cae en la cuenta de esto, pues acaban notándose muy en desventaja frente a esta importante mejora y nunca llegaremos a aprovechar debidamente nuestra fuerza o agilidad, por ejemplo.

Estos aspectos no tan acertados se complementan en 'Deiland' con el cuidado de nuestro planeta, un proceso relajante a la par que muy disfrutable. Cuidar de nuestro propio pequeño trozo de tierra es todo un lujo de oportunidades en la gestión y personalización plantando árboles, cultivando lo que nosotros queramos cultivar y cuidando de animales que se dejan mimar por Arco. No debemos pensar en este como en un juego casi eterno como un simulador de granjas infinito, sino como un acompañamiento para las quince horas que nos puede durar la aventura. Siempre tendremos un objetivo activo y pasivo en nuestra cabeza, por lo que el cuidado de Deiland es algo más opcional, por decirlo de alguna manera.

Conclusiones

'Deiland' es un producto especial, como una gema sin todavía ser tratada como es debido. Está lleno de potencial y para la duración que se propone logra cumplir muy bien en su apartado argumental, el desarrollo de sus personajes y el cuidado del planeta. Por desgracia sus mecánicas de combate y el aspecto RPG no terminan de cuajar por falta de un mayor desarrollo por su parte, pero se trata de un paso fuerte por parte del estudio Chibig hacia el futuro, especialmente de cara al apartado estético y musical: desprende personalidad y amor por los trescientos sesenta grados de todo su mundo de oportunidades.